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martes, 7 de enero de 2014

Don Quijote: Una libertad ilusionada


  El hombre es dueño de su destino y, por eso, está capacitado para hacerse responsable de sí mismo y cargar con las posibles consecuencias que tengan sus actos libres: “he de llevar mi libertad en peso / sobre los propios hombros de mi gusto”. Estos versos, que Marías repetía a menudo, expresan de modo excelente el significado más profundo de la libertad. Mis decisiones podrían afectar al resto de la humanidad y de la historia. Igualmente, algo que pueda realizar una persona muy lejana a mí me puede afectar. Porque todo está conectado con todo a través de causas impredecibles, es como el efecto mariposa en física. 

Si es desde la razón, hay que aventurarse. Si es en medio de un naufragio, surge la necesidad de bracear como uno pueda para sobrevivir. Pero siempre el ejercicio de la libertad es una exigencia. Aunque sea en las peores circunstancias, siempre existe una libertad: la que uno se toma. 

En su obra “Cervantes, clave española”, Julián Marías comenta que “Cervantes ve la vida como libertad”, como voluntad de aventura. Dijo muchas veces ante las circunstancias más adversas “Tú mismo te has forjado tu ventura”. 

 “La libertad es la condición intrínseca de la vida humana, que es irrenunciable, porque si se renuncia a ella también se hace libremente, ejerciendo esa misma libertad. Pueden las situaciones reales reducir angustiosamente la libertad, pero no anulan la condición libre del hombre, que se mantiene mientras vive”. 

El fundamento de la libertad es “Yo sé quién soy”, frase que aparece en el capítulo V de la primera parte del Quijote. Esta idea se encuentra referida, ante todo, al concepto de “autenticidad”,  al de identidad personal, (yo soy yo mismo, en persona) y al reconocimiento del “proyecto personal” como vocación: nos definimos por nuestros proyectos, esto es lo que vemos en la personalidad de Don Quijote.

Cuando descubro quién soy, despierto a una nueva vida: la mía, y me descubro a mí mismo, en mi mismidad, viviendo y sintiéndome vivir. “Al decir “yo sé quien soy”, Don Quijote viene a decir: “yo sé quiénes soy o quiénes podré ser”. Los dos elementos, las multiplicidades y el futuro son esenciales. Se refiere a las hazañas que no se han realizado todavía pero que dimanan de su vocación, de esa con la que se identifica y que es el núcleo de su mismidad”. 

Hay que despertar a una nueva vida: hemos de reconocer que estamos pasando por las peores circunstancias. El problema está en qué libertades son las que le dejan a uno tomarse para que esto funcione.  Porque ya no sabemos cómo provocar el entusiasmo, ese fundamento de la vida necesario que parecen haber perdido muchos. 

Pero para provocarlo, “la primera condición es sentirlo”. No podemos entender nada sin el entusiasmo, sin él no se entiende la persona y entonces no se entiende la vida. El problema radica en quién lo tiene y cómo es que si lo tiene no consigue contagiarlo cayendo todos sus esfuerzos en saco roto. Por tanto, la cuestión en educación se reduce a aprender cómo contagiarlo.
 El otro lado del problema es si hay personas dispuestas a dejarse contagiar, porque hay mucha gente que prefiere seguir dentro de la caverna contemplando sombras, antes de dejarse contagiar por el impulso de aquél que le anima a salir de ella para llegar a comprender de una vez por todas que “antes es la luz que las tinieblas”. Prefieren no entusiasmarse demasiado, no siendo que esto conlleve serios compromisos o entusiasmarse de modo pasajero con aquello que no comprometa. Además hay quienes están empeñados en anular, como sea, cualquier forma de entusiasmo por lo verdadero.  Aquí es, por tanto, donde vemos que entra en juego el papel de la libertad de cada cual, “contra viento y marea”.

Pero la libertad se encuentra amenazada, primero porque hay gente realmente empeñada en hacer ver que no existe o empeñada en impedir su ejercicio, anulándola o desanimando para que no se ejerza o diciendo que no vale la pena. Hay que estar despiertos ante estas posibles tácticas envilecedoras y a no renunciar al uso de nuestra libertad. Si con Sartre se entiende la libertad como condena, Marías nos invita a verla como una bendición. 

 De otras amenazas nos advierte en su obra "La liberad en juego": por ejemplo, pueden hacernos creer que ante una situación determinada somos libres, puesto que la hemos elegido nosotros, pero en realidad está siendo utilizada como instrumento de control, de dominio y opresión, y encima todo queda dentro del ámbito de la legalidad. 

¿Es posible que una educación sentimental consiga hacernos ver estos engaños? ¿Es posible contagiar entusiasmo para que la libertad llegue a ser lo que tiene que ser, una libertad ilusionada? . 

Hay que dedicarse mucho a concretar y definir correctamente las palabras para que puedan ser usadas en su justa medida. ¿Se puede hablar de liberalización del aborto y liberalización de la droga o hay que hablar en este caso de socialización? ¿No será, nos dice, la aceptación del aborto el resultado de una creencia social más que una idea filosóficamente fundamentada y de la que cada individuo se hace responsable? ¿Se puede ser “libre de abortar” o “libre para la eutanasia”? ¿Cómo es posible que se haya llegado a creer esto el hombre de nuestra época? 

Creo que la educación sentimental es el verdadero camino, en ella están las bases para poder llegar a entender el verdadero sentido de estos conceptos.

lunes, 6 de enero de 2014

¿Has conocido la felicidad?

Los auténticos instantes de gozo, ricos en serenidad y paz interior, no se deben normalmente a acontecimientos externos. La vida es larga, compleja y diversa y en ella caben momentos de fastidio, malhumor, preocupación, dolor, amor, alegría, placer, gozo... una lista interminable de sensaciones, sentimientos y emociones. Olvidémonos de la felicidad como abstracto y concretémosla en su instante. Ahora bien, conseguir saborearla depende, como veíamos anteriormente, de nuestra actitud ante la vida .

  "Cuéntame, cómo te ha ido, si has conocido la felicidad" preguntaba el estribillo de una popular canción de los primeros años 70. Es en esta época cuando comienza a hablarse de la felicidad como meta que da sentido a la vida. No se baraja tanto la querencia y el derecho del ser humano a la felicidad como premio a un denodado empeño o a las buenas obras realizadas, sino como la casi obligatoriedad de ser feliz de vivir en un estado placentero permanente. No vamos a reflexionar aquí sobre cuestiones conceptuales elevadas, de índole filosófica o ética. Partamos, simplemente, de un principio: tenemos derecho a ser felices y el deber, como personas inteligentes, sensibles y sociables que somos, de encaminar nuestra vida por un camino que nos depare más satisfacciones que disgustos.

Pero la felicidad, como estado objetivo de vida, no existe. Es abstracta, subjetiva y personal si bien en nuestra civilización occidental podemos enumerar unos elementos básicos que se requieren para ser feliz: buena salud, un trabajo satisfactorio, una rica vida amorosa, afectiva y familiar, amigos que nos "llenen", tiempo y posibilidad para desarrollar nuestras aficiones, bienestar psicológico y emocional... E independientemente de que nos guste que también a los demás las cosas les vayan bien, especialmente a nuestros seres queridos, percibir que nos aprecian como personas, en suma, que nos aman, nos respetan y nos comprenden, ayuda mucho a que nos sintamos felices. Lo que varía, sin duda, es la importancia que cada uno de nosotros concedemos a los acontecimientos que vivimos.

Hay personas que malgastan sus vidas en una constante y estéril búsqueda de la felicidad como estado cuasipermanente, con la quimérica ilusión de que algún día la encontrarán. Pero la felicidad es, normalmente, una situación pasajera que se nos escabulle a la mínima y sin avisar. Dominados por ese objetivo de la felicidad absoluta y permanente, algunas personas, pese a que tienen motivos reales para sentirse razonablemente bien, entienden que debe mejorar su situación porque viven en la convicción de que hay un estadio superior, más intenso y satisfactorio, que otros individuos han alcanzado. Pero, una vez más, la comparación con los demás, lejos de depararnos algo bueno, tiende a sumirnos en la insatisfacción. En última instancia, la disyuntiva es ser conformistas o ambiciosos, y como casi siempre, lo razonable está en el término medio. No debemos dejar de luchar para mejorar nuestro bienestar, ya sea material o emocional, pero hemos de saber apreciar lo ya conseguido.
Un vez conocida esa vivencia de plenitud ansiamos reproducirla el resto de nuestra vida. Otra explicación, más espiritual que científica, es la de que llevamos grabada en nuestro código genético una cierta idea del paraíso. Cualquiera que sea la argumentación a que nos acojamos, buscamos algo que en un determinado momento hemos experimentado pero no conocemos del todo.
En resumen, lo conveniente es dejar de buscar ese imposible idealizado, porque no lo vamos a encontrar. La felicidad no el resultado de una búsqueda ni, menos aún, del azar.

Ser feliz no es una entelequia, una creación intelectual o cultural con difícil referente objetivo. Es una aspiración inherente al ser humano, que cada persona debe trabajar y cultivar individualmente. Es un derecho y, en cierto modo, un deber de cada uno de nosotros. Porque ser infeliz equivale a vivir contranatura. Pero ser feliz no es disfrutar de una alegría constante, sino percibirnos involucrados en cada detalle de nuestras vidas, conectados con la emoción que nos suscita cada momento, atendiendo a lo que nos está ocurriendo y dando respuesta a la situación, sintonizando con lo que nos rodea. En otras palabras, vivir y disfrutar el aquí y ahora.

Así, deberíamos saltar a otro estadio, pasar a hablar de momentos felices, de instantes de placer, bienestar, alegría, satisfacción con uno mismo, por algún logro conseguido tras el esfuerzo previo realizado. Y es que los mejores momentos de nuestra vida no son forzosamente los receptivos o relajados . Suelen llegar cuando mente y cuerpo al unísono llegan a su límite de esfuerzo para conseguir algo que valoramos mucho. Un momento feliz, una experiencia óptima, es algo que hacemos que nos suceda. Los auténticos instantes de gozo, ricos en serenidad y paz interior, no se deben normalmente a acontecimientos externos. Ahora bien, conseguir saborearlos depende de nuestra actitud ante la vida.

 

 

jueves, 19 de diciembre de 2013

No son tiempos fáciles para nadie.

 
No son tiempos fáciles los que se viven en muchas partes del mundo. Lo sabemos. El mundo de la globalidad nos acerca las noticias. Mientras persisten múltiples formas de violencia y ejecuciones, las desigualdades sociales también aumentan. Ante estas situaciones no podemos permanecer indiferentes, tenemos que tomar partido por la vida, por la dignidad del ser humano, respondiendo con valentía al aluvión de desafíos que ponen en peligro la convivencia entre las personas y los pueblos.

A mi juicio, el punto de partida son las garantías democráticas básicas para construir juntos. No podemos reconducirnos solitariamente. El día que el diálogo prevalezca sobre la guerra para resolver los discrepancias, y la fuerza del débil supere la de los poderosos, todo será más tolerable, y la humanidad se sentirá mejor. Al fin y al cabo, somos una especie con conciencia política, que necesitamos el encuentro y el intercambio, el razonamiento y la reconciliación, la escucha y el entendimiento, para crecer como personas. De ahí que nuestra acción ha de respetar los derechos humanos, y despojarse de cualquier deseo de negocio o promoción personal, puesto que es el bien colectivo el que ha de imperar sobre todo lo demás.

Mejoraría la situación en el mundo, sí la política, que está en el aire mismo que respiramos, se avivase como un servicio social fusionado y no como un negocio, que es lo que sucede en muchos países. La sociedad misma, toda ella, también debe participar en la lucha por ese bien general. Nadie puede lavarse las manos. Como ciudadanos estamos obligados a colaborar, cada uno desde su misión, a que las cosas mejoren para todos. Ahí está la realidad de este siglo, la migración, que a pesar de que impulsan con su trabajo la economía de los países de destino y de origen, sin embargo, muchos de ellos nos consta que viven en condiciones precarias, sin derecho alguno. O la falta de futuro para esa juventud bien formada, que en este momento padece altas cifras de desempleo y está en puestos de bajos salarios. Todas estas deficiencias políticas deben corregirse, de lo contrario seguirá creciendo la pobreza, la inestabilidad social y la emigración. En política uno no puede desentenderse de las minorías, uno tiene que estar en contacto con la sociedad más débil, con los excluidos del sistema, y tenderles la mano para que no se acaben hundiendo y puedan emerger.

Desde luego, no se puede gobernar con la arrogancia del orgulloso; es más, se debe estar de servicio a todas horas y con la humidad de un don nadie. Muchos de los problemas actuales son cuestiones políticas. Unas veces, porque nadie quiere doblegarse a otras propuestas; y, en otras ocasiones, por la falta de compromiso primario a entendernos. Los gobernantes olvidan su tarea de servir a la ciudadanía y también los gobernados, otras veces, olvidamos  los esfuerzos que requiere estar en guardia en todo momento para salvaguardar la quietud que nos merecemos.

Por tanto, siempre es una buena noticia para el mundo propiciar apoyos a procesos de paz, como la conferencia que tendrá lugar el Montreaux el próximo veintidós de enero, en este caso para Siria, estimulando de este modo, el uso de los Derechos Humanos para las buenas relaciones entre todos. Por consiguiente, debemos superar ciertas concepciones erróneas, como el mito de la fuerza, del poder, o cualquier otro interés, que envenene la vida asociada de los pueblos.

Sin duda, debe prevalecer la pacífica convivencia, conforme a los principios humanos que nos hemos trazado como especie. Estoy convencido de que los tiempos serán más llevaderos en la medida que nos abramos todos hacia una causa universal, el respeto de los derechos de los demás, y los tomemos como si fueran nuestros derechos. Evidentemente, cada uno de nosotros, desde su tolerancia y contribución social, tiene la responsabilidad de injertar un mundo de vida más armónico. En consecuencia, sírvase su propia medicina, la de su vida personal, que no es aceptable si el cuerpo y el espíritu no conviven en buena sintonía.

martes, 17 de diciembre de 2013

Admiración, asombro...


Los filósofos clásicos consideraron que la admiración despierta la filosofía. La admiración tiene que ver con la ingenuidad: el filósofo se admira sin condiciones, sin resabios. Con todo, la filosofía no es tan antigua como la humanidad, sino que surge de modo abrupto: en un momento determinado se desató la admiración en algunos hombres. La admiración no es la posesión de la verdad, sino su inicio. El que no admira, no se pone en marcha, no sale al encuentro de la verdad.
Sin embargo, la admiración es más que un sentimiento. Intentaré describirla. Ante todo, es súbita: de pronto me encuentro desconcertado ante la realidad que se me aparece, inabarcada, en toda su amplitud. Hay entonces como una incitación. La admiración tiene que ver con el asombro, con la apreciación de la novedad: el origen de la filosofía es algo así como un estreno. A ese estreno se añade el ponerse a investigar aquello que la admiración presenta como todavía no sabido.
En nuestra época parecemos acostumbrados a todo: no nos damos cuenta de cuán espléndido es lo nuevo. Asistimos a muchos cambios; sin embargo, sólo son cambios de moda, de modos: este sentido de lo nuevo tiene que ver con lo caleidoscópico; no son novedades reales, sino recombinaciones. Hoy se arbitran múltiples procedimientos para llamar la atención de la gente, para que el público pique. La propaganda de una conocida bebida, por ejemplo, pretende llamar la atención con un reclamo: “la chispa de la vida”. Estamos solicitados por muchos estímulos, por muchas llamadas vertidas en los trucos publicitarios. También los políticos tienen un asesor de imagen, porque no es fácil que un político salga bien en la TV.
La admiración no tiene nada que ver con esto. No es el llamar la atención utilizando procedimientos propagandísticos. No es una cuestión de imagen. La admiración no es la fascinación. Fascinada, la persona es manejada por intereses ajenos y particulares, pero la filosofía es una actividad del hombre libre: los filósofos han descubierto la libertad, porque para ser amante de la verdad uno tiene que ponerse en marcha desde dentro, ser activo. Ante la publicidad uno es pasivo: con ella se intenta motivar e inducir. La admiración es el despertar del sueño, de la divagatoria, pues desde ella se activa el pensar: ponerse en marcha el pensar es filosofar. La filosofía es un modo de recordar al hombre su dignidad, es uno de los grandes cauces por los que el hombre da cuenta de que existe.
La admiración es el inicio de todo. Quizá no resulte fácil admirarse en nuestros días porque estamos bombardeados con todo tipo de solicitaciones “civilizadas” que reclaman nuestra atención; esos bombardeos pueden aturdir o dejarle a uno insensible. Porque una cosa es civilizar y otra dejarse civilizar: esto último vuelve a provocar la extrañeza o conduce a abdicar ante un dominio excesivo. En la época del triunfo de la publicidad hablar de la admiración exige ciertas precisiones. Casi siempre, lo que se nos pide hoy no es admiración, sino una especie de suspensión estática del ánimo. La admiración es menos pretenciosa. Cuando se admira no aparece lo brillante, sino un resplandor todavía impreciso.
Ya digo que cuando se reclama nuestra atención en términos propagandísticos, se lleva a cabo una exhibición. Pero eso no es lo  propio de la admiración. En ella la excelencia no se exhibe, sino que más bien se oculta. Admirarse es como presentir o adivinar: un anticipo, no débil, sino pregnante, pero sin palabras. Y, además, tampoco saca de si (el entusiasmo platónico es posterior a la admiración). No es una incitación al éxtasis. El extático es el que se queda como alelado, y sólo sabe salir de sí (ex-stare); es una especie de emigrante a otra cosa. En cierto modo, se trata de un desarrollo de la admiración, pero no completo, sino unilateral; la admiración no es sólo una invitación a ir por algo, sino a erguirse.
Ese carácter indeterminado que tiene la admiración se refiere tanto al objeto como a uno mismo, a los propios resortes que tendrían que responder a lo admirable, pero sin acertar a saber todavía cómo. Hay una imprecisión en la admiración que hace difícil su descripción psicológica (quizá la admiración no sea un tema psicológico, porque es doblemente indeterminada).
Así pues, admirarse es dejar en suspenso el transcurso de la vida ordinaria: ésta es su consideración estática.  El ser en el comienzo no se dice de nada, ni nada se dice de él. Tampoco la admiración: lo admirable no es un predicado ni admite predicados. Y eso quiere decir que es una situación sin precedentes: no pertenece a un proceso. Cuando uno se admira es como si “cayera” en la admiración.  La admiración se experimenta por primera vez: antes de admirarse uno no sabia que se podía admirar.
Cuando uno se admira su atención se concentra en “eso” de lo cual se admira y que aún no se conoce. Sabe, entonces, que todo lo demás no vale. Es la distinción entre lo admirable y lo prosaico. Esa separación obedece al mismo carácter insospechable de la admiración. La admiración es como un milagro: de pronto se encuentra uno admirando. La admiración es el descubrimiento de lo insospechado, de lo antitópico... Lo dicho: el "ad-mirandum" es puro milagro.

lunes, 16 de diciembre de 2013

La oscura estrategia de los promotores del aborto

Estrategia: inflar las cifras de muertes por abortos clandestinos

«Miente, miente, que al final algo queda». La oscura estrategia de los promotores del aborto

Para el mundo cristiano católico, la doctrina que refiere al «Padre de la mentira» es medular y en ciertos temas parece aplicable al pie de la letra. Así, los postulados de Maquiavelo, que subyugan la verdad al cumplimiento del objetivo, han sido una metodología muchas veces usada para presentar como verdad lo que es mentira, con tal de obtener determinado logro. Es lo que ha sucedido en países que aprobaron leyes de aborto y también está ocurriendo hoy en países que intentan aprobarlas.
 
 Norma McCorvey denunció que, movida por las indicaciones de sus dos abogadas pro aborto, testificó falsamente en 1969 ante un tribunal de Dallas, Texas. Aquél juicio conocido en el ámbito jurídico como el caso Roe vs. Wade permitió y fue vital posteriormente -tal como pretendían las dos abogadas de Norma- para la aprobación del derecho al aborto inducido en Estados Unidos, en 1973. Millones han sido asesinados debido a esta mentira.
En una serie de declaraciones recogidas por el periódico Tulsa World, Norma ha explicado en diversas ocasiones que siendo una chica problemática, a los 21 años se embarazó sin desearlo, por tercera vez. No sabía lo que era un aborto y en ese contexto conoció a las abogadas que instrumentalizaron su caso para poner a prueba la ley de Texas. Para ello, se hizo apodar Jane Roe y falsificó un testimonio.
«La declaración jurada presentada ante la Suprema Corte no sucedió del modo en que dije, así de claro. ¡Mentí!» «Sarah Weddington y Linda Coffey (sus abogadas) necesitaban un caso extremo para que yo pareciera una víctima, y la violación parecía ser el boleto. ¿Qué hace que la violación sea peor? Una violación en grupo. Todo comenzó con una pequeña mentira, pero mi mentira creció y se hizo más horrible, con cada relato».
Norma reconoce que no sólo mintió, sino que le mintieron y que además no concurrió a la Corte Suprema de Justicia «en nombre de una clase de mujeres. Yo no persiguía ningún recurso legal para mi embarazo no deseado. Yo no fui a la justicia federal para encontrar alivio. Me reuní con Sarah Weddington para averiguar cómo podía obtener un aborto. Ella y Linda Coffey dijeron que no sabían dónde podía conseguir uno. Sarah ya había tenido un aborto, pero ella me mintió igual que yo le mentí a ella. Ella sabía dónde podía conseguir uno, por supuesto, pero yo no era de ninguna utilidad para ella a menos que estuviera embarazada. Sarah y Linda estaban buscando a alguien, cualquiera, para promover su propia agenda. Yo era su incauta más dispuesta».
Finalmente, Norma dio en adopción a su bebé y al cabo de unos años se convirtió en una destacada activista católica a favor de la vida en Estados Unidos.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Estímulo y simpatía

Momo es la pequeña protagonista de aquel famoso libro de Michael Ende que lleva su nombre. Una niña surgida un buen día en la vida de unas personas sencillas.

Nadie sabe quién es, ni de dónde viene, ni nada. Vive en unas ruinas de un antiguo teatro griego o romano. Pero todo el mundo quiere a la chiquilla. Las gentes se han dado cuenta de que han tenido mucha suerte por haber conocido a Momo. Se les hace la niña algo imprescindible. ¿Cómo han podido antes vivir sin ella? A su lado cualquiera está a gusto.
A la hora de hacer balance de su atractivo, no es fácil decir qué cualidad especial le adorna: no es que sea lista; tampoco pronuncia frases sabias; no es que sepa cantar, o bailar, ni hacer ninguna maravilla extraordinaria… ¿Qué es entonces lo que tiene?
La pequeña Momo sabe escuchar; algo que no es tan frecuente como parece. Momo sabe escuchar con atención y simpatía. Ante ella, la gente tonta tiene ideas inteligentes. Ante ella, el indeciso sabe de inmediato lo que quiere. El tímido se siente de súbito libre y valeroso. El desgraciado y agobiado se vuelve confiado y alegre. El más infeliz descubre que es importante para alguien en este mundo. Y es que Momo sabe escuchar.
Todos tenemos en la cabeza la imagen de chicos o de chicas, quizá de apariencia modesta y de cualidades corrientes, pero perseverantes en la amistad, leales, que contagian a su alrededor alegría y serenidad; y su vida aparece ante los demás como una luz, como una claridad, como un estímulo.
A veces parece que se trata de una cualidad que, simplemente, viene de nacimiento. Pero no es eso sólo: depende sobre todo de la educación que se ha recibido, y del esfuerzo personal que pone cada uno. En todos los hombres hallamos gérmenes de buenas y malas tendencias, y cada cual es responsable de la medida en que permite a unas u otras adueñarse de su persona. Todos sabemos que el alma sólo brilla después de muchos años de esfuerzo por sacarle lustre.
Saber escuchar. Tener paciencia. Sabiendo que, las más de las veces, aguantar algo que a uno no le gusta no es ser hipócrita, sino que constituye una parte de ese hábito de preocuparse por los demás, y de procurar ser agradable, que todo hombre debiera esforzarse por adquirir. Además, cuando uno se esfuerza por serlo, pronto pasa a ser algo que sale casi siempre de modo natural.
Pero escuchar no es sólo cuestión de paciencia. Requiere sobre todo deseo de aprender, deseo de enriquecerse con las aportaciones de los demás. Quien mientras escucha piensa sobre todo en preparar su respuesta, apenas escucha realmente. Sin embargo, quien escucha con atención, con verdadero deseo de comprender, sin dejarse arrastrar por un inmoderado afán de hablar él o de rebatir lo que oye, quien sabe escuchar de verdad, se hace cada vez más valioso y hace que la persona que le habla se sienta también más valorada y querida.
Es triste que tantos hombres y mujeres hagan grandes sacrificios para poder lucir un coche o una ropa un poco mejor, o adelgazar un poco, o presumir de cualquier cosa, y que, sin embargo, apenas se esfuercen por escuchar más, o ser un poco más simpáticos y agradables, que es gratis y de mucho mejor efecto ante los demás.
(Alfonso Aguiló)

sábado, 14 de diciembre de 2013

Acercamiento a la poesía de San Juan de la Cruz


 

La poesía es palabra para sentir y no conviene constreñirla: Los dichos de amor es mejor declararlos en su anchura, para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu, que  significan encarecimiento afectuoso. Los cuales, cada vez que se dicen, dan a entender del interior más de lo que se dice por la lengua.
Tiene la poesía una prerrogativa fundamental: la de reclamar la colaboración del receptor para suplir las deficiencias comunicativas.
Consciente de la inefabilidad de la experiencia a comunicar, San Juan de la Cruz evita por todos los medios conducir la comprensión por un único camino. En sus poemas mayores no busca hablar al entendimiento sobre los principios teológicos de la mística, sino mostrar al sentimiento sus consecuencias vivenciales últimas.
La inefabilidad de la aventura es continuamente señalada: por la falta de concreción, por las asociaciones paradójicas, por la explicitación de la misma -uno no sé qué", "donde no supe", "aquello que", etc.-, San Juan de la Cruz se acerca a la expresión de lo inefable con una preocupación intensa por subrayar que es inefable. Así pues, lo que, en principio, debería ahogar el mensaje en su raíz, se convierte en parte sustancial del mismo, exigida por la necesidad de sugerir la intensidad de la experiencia. Recordemos una parte de la declaración de la primera canción de la "Llama de amor viva": para encarecer el alma el sentimiento y aprecio con que habla en estas cuatro canciones, pone en todas ellas estos términos ¡oh! y cuán. Su interés por adentrarse en tan recónditos ámbitos le trae hasta nuestros días, en que herederos de los románticos, y sobre todo de los simbolistas, hemos querido utilizar y entender la poesía como instrumento de indagación y expresión de lo subconsciente o ultraconsciente.
 San Juan de la Cruz es, por teoría y práctica poéticas, un autor cercano a nuestro tiempo. Proclaman su contemporaneidad el ejercicio de una poseía "abierta hasta las más remotas resonancias"  en los grandes poemas; pero también -acompañando y sustentando esto- sus reflexiones metalingüísticas y metaliterarias. Sino y signo de nuestro siglo –motor fundamental del incesante sucederse de vanguardias y experimentalismos- es la indagación sobre los vehículos de comunicación.
Pero, por otra parte, la poesía de San Juan de la Cruz es reacción, es combustión, que se produce en un momento dado de la trayectoria de la cultura y de la literatura española. Interesa saber qué palabras -conceptos, modelos, recursos, ritmos- están a su disposición cuando nuestro poeta lleva a cabo esa búsqueda  a la que se refiere su precisión de más arriba. Es mucho lo que encuentra y asume su "lirismo integrador" -en expresión de Jorge Guillén . Sin ataduras, sin prejuicios de procedencia cultural, recurrirá aquí y allá a la búsqueda de los efectos de amor. Estos son los que dan coherencia a sus recursos, los que integran las distintas tradiciones que aprovecha.
 Lo primero que se impone ante el lector de la poesía de San Juan de la Cruz, es la intensidad del sentimiento. El asombro de sus versos comienza por la expresión de un concepto de la fuerza positiva y universal del Amor, llevado a sus más altas cotas. San Juan de la Cruz formula una infinitud, una elevación del sentimiento, que evidentemente se explica desde su referencia mística, pero que no por eso anula sus posibilidades de aplicación a un amor humano ideal -como el hombre anhela, aunque no consigue-, superador del tiempo y del espacio.